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Notas Programa 6 Imprimir E-Mail
Autor: Juan Arturo Brennan

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Gustav Mahler
(1860-1911)


Sinfonía No. 2 en do menor, Resurrección

¿Recuerda usted, lector, el final de la Primera sinfonía de Gustav Mahler? Es sin duda un momento musical emotivo y brillante. Los ocho cornistas de la orquesta se ponen de pie y dominan la vigorosa coda en la que Mahler reafirma la tonalidad principal (re mayor) y el espíritu heroico de la sinfonía, en un soberbio final a toda orquesta. El héroe victorioso de este epílogo musical es el Titán revolucionario y de ideas modernas de la novela de Jean Paul Richter que sirvió como inspiración parcial a Mahler para la composición de la sinfonía. Pero en el mundo de un músico atormentado,  las cosas no podían quedar ahí. Mahler, al fin y al cabo contradictorio, al fin y al cabo romántico, no podía dejar vivo y triunfante al héroe de su Primera sinfonía, así que decidió matarlo, guardar luto por él, enterrarlo y resucitarlo en la Segunda sinfonía. Estas son las palabras del compositor al respecto:

“He llamado al primer movimiento Rito fúnebre. Es el héroe de mi Primera sinfonía al que llevo a su tumba, y puedo ver toda su vida reflejada en un espejo purísimo, como desde una atalaya. Al mismo tiempo, se presenta la gran pregunta: ¿Con qué propósito has vivido? ¿Para qué has sufrido? ¿Ha sido todo una broma terrible? Debemos responder a todas estas preguntas si hemos de seguir viviendo, y si hemos de morir después. Cualquiera que haya oído esas preguntas debe responder, Yo doy mi respuesta en el último movimiento de la sinfonía.”

Hacia 1887 Mahler había escrito un poema sinfónico titulado Totenfeier (Rito fúnebre), inspirado por sus alucinaciones, en las que se veía a sí mismo dentro de un ataúd, rodeado de ofrendas florales. Terminó la pieza en 1888 (año en que terminó también la primera sinfonía) y en 1891 le mostró la partitura al gran director de orquesta Hans von Bülow. Mientras Mahler tocaba su obra en el piano, Bülow se tapaba los oídos, horrorizado. Finalmente, el director rechazó tajantemente la pieza de Mahler, con lo que se abrió un abismo entre ambos. Más tarde, la música de este Totenfeier y la sombra de Bülow habrían de aparecer en la Segunda sinfonía, dedicada por entero a la muerte y la resurrección. Acongojado y deprimido por el rechazo de Bülow a su obra, Mahler utilizó el material de Totenfeier como cimiento para el primer movimiento de la sinfonía. Los movimientos segundo y tercero fueron terminados a mediados de 1893 y como base del cuarto movimiento, Mahler utilizó una canción que había escrito años antes sobre uno de los poemas de la colección Des Knaben Wunderhorn (El cuerno mágico del doncel). Al llegar al quinto movimiento, sin embargo, el compositor se paralizó por completo y tardó mucho tiempo en hallar una solución satisfactoria a su sinfonía. Ello se debía, en parte, a su propia intención de responder a las portentosas preguntas del primer movimiento, y en parte a su natural aprehensión al abordar un final sinfónico en el que apareciera la voz humana. Es evidente que el fantasma de la Novena sinfonía de Beethoven pesaba mucho en el alma de Mahler, como antes había pesado (por razones distintas) en la de Brahms. Así pues, tuvo que ser otro fantasma el que solucionara la crisis creativa de Mahler.

Cuando el compositor se hallaba en lo más difícil de la encrucijada, se enteró de la muerte de Hans von Bülow, y el 28 de marzo de 1894 asistió a un servicio fúnebre en memoria del gran director que con tanta vehemencia había rechazado su música. Según lo habría de narrar después el propio Mahler, se hallaba sentado en un rincón de la iglesia, lleno de sentimientos contradictorios, cuando el coro comenzó a entonar suavemente un coral de Klopstock, y la inspiración le llegó como un rayo. Mahler abandonó la iglesia y, como un poseído, se lanzó sobre el papel pautado para terminar la sinfonía, que quedó lista tres meses después, el 29 de junio de 1894. Al fin, el compositor tenía su quinto movimiento, construido alrededor del coral de Klopstock y redondeado con su propio texto, cuyas últimas palabras son éstas:

“Deja de temblar, prepárate a vivir. Oh, sufrimiento omnipresente, he escapado de ti. Oh, muerte omnipotente, ahora yaces conquistada.”

De las complejas descripciones de Mahler sobre los movimientos de esta monumental sinfonía es posible extraer los conceptos básicos para integrar una línea programática general:

Primero: Funeral del héroe de la Primera sinfonía.
Segundo: Recuerdos del pasado.
Tercero: De vuelta al mundo real y sus sufrimientos cotidianos.
Cuarto: Se escucha la sencilla voz de la fe.
Quinto: Suena la voz en el desierto. La tierra tiembla, las tumbas se abren, suenan las trompetas. El Juicio Final y luego la Resurrección.

Con esta compleja y emotiva sinfonía Mahler iniciaba su largo y fructífero camino en el mundo de la sinfonía vocal; más tarde habría de incorporar la voz humana en las sinfonías tercera, cuarta y octava, y habría de dejar una huella profunda en el ámbito de la música sinfónico-vocal con sus espléndidos ciclos de canciones. De hecho, Mahler nunca perdió de vista la estrecha relación que para él había entre la canción y la sinfonía. Así como la Primera sinfonía incorpora partes de su ciclo Canciones de un caminante, en las siguientes tres sinfonías Mahler utilizó como materia prima las canciones de El cuerno mágico del doncel. De hecho, en el tercer movimiento de la sinfonía Resurrección es posible hallar largas citas de la canción El sermón de San Antonio a los peces.

Los primeros tres movimientos de la Segunda sinfonía de Mahler fueron estrenados por Richard Strauss al frente de la Orquesta Filarmónica de Berlín el 4 de marzo de 1895. La obra completa fue estrenada el 13 de diciembre de ese año por la misma orquesta bajo la batuta del propio Mahler. A juzgar por lo que habría de ser el resto de su producción musical a partir de la sinfonía Resurrección, es evidente que Mahler no quedó satisfecho con su respuesta a las tremendas preguntas planteadas en esta obra. De esa insatisfacción surgieron, en años subsecuentes, portentosas obras mahlerianas en las que, de una manera u otra, siempre están presentes las preguntas sobre el sentido de la vida, así como la idea de la muerte.     



 
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